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sábado, 22 de noviembre de 2008

2º Capítulo/ Un pozo sin agua (segunda parte)

Un the a la menthe, sans sucre… s’il vous plait. —Y el camarero me mira primero extrañado, como si no hubiera oído bien mi petición —¿sin azucar? ¿un té marroquí sin azúcar? (me pregunta sin palabras)—, para luego sonreír por mi extravagancia. Un té marroquí sin una roca de azúcar diluyéndose dentro de la tetera es como un humano sin alma, estará pensando. ¿Y cómo le explico a este joven que esa subespecie parahumana de desalmados no sólo existe sino que abunda, se confunden y mimetizan entre los demás seres humanos animados aprovechando la supuesta invisibilidad del alma, hacen estragos desembarazados de su impedimenta? Razonar no es lo mismo que sentir, por supuesto; ni argumentar sobre la ontología del alma humana o representarla literaria y artísticamente son garantías suficientes de que realmente exista o la posean sus defensores e ilustradores. Tampoco creo que el alma tenga por domicilio fijo la hipófisis de cualquiera, o el cerebro de Eduardo Punset, por ejemplo, ni la punta de la polla de un pintor macho, desde luego; vamos, eso creo yo por ahora… —Oui, sans sucre… Je suis diabéthique…
Pardon, excusez-moi, je suis desolé… —y el joven camarero sale pitando a por mi té amargo sin rechistar…

Estoy sentado en la terraza del Café de France, en el ensanche que conduce a la Place Moulay Hassan. A esta hora el sol comienza a despedirse con cierta prisa y apenas un escaso haz de rayos logra hacer diana en las mesas y sillas en primera fila al aire libre. Casi son las cuatro. Estoy cansado de caminar y caminar a buen ritmo por la ciudad y a la orilla del mar desde que salí de casa, de entrar y salir del puerto puntual cada media hora, de ir y volver obstinado por el Boulevard Mohamed V sin alejarme mucho ni detenerme siquiera un rato a admirar el espectáculo de las tatuadoras de henna en la playa, decorando pies y manos a todas esas extranjeras aspirantes a odaliscas esta noche. Estoy cansado pero contento. Son los paradójicos efectos de caminar tanto tiempo. Desde que detectaron mi diabetes hace tres años no he dejado de practicar este eficaz método de generar insulina naturalmente; lo que me basta para no ir a peor. Dos pastillas al día —una de Dianben y otra de Amaryl 2mg—, una dieta equilibrada (aunque liberal) con escasa ingestión de grasas e hidratos de carbono y dos horas por lo menos de caminata al día han estabilizado milagrosamente mi diabetes. Además, caminar libera un montón de endorfinas, esa endógena “droga de la felicidad” de la que me declaro absolutamente dependiente física y psicológicamente. Creo que anoche y esta mañana me encontraba deprimido, angustiado, por no contar con la dosis suficiente de endorfinas a causa de mi viaje, tantas horas prisionero. Caminar, reír, el sexo orgasmático, recordar tiempos y situaciones felices, por ejemplo… esa es una receta básica para el bienestar del cuerpo y no sé qué más del alma.

¿Y el amor? Bueno, esa es otra droga sentimental de la que también me declaro adicto pero no quiero referirme por el momento; que no viene a cuento escribir sobre mis últimas miserias sentado tan ricamente en el Café de France contemplando al micromundo de Essaouira desfilando festivo ante mis ojos (sin reparar en mí ni falta que les hago). Mis endorfinas no me perdonarían nunca que me pusiera ahora a reflexionar acerca del Amor y los desamores, sus tiros a quemarropa, sus caricias —que de todo hay a su servicio—, ni mucho menos que las malgastara en aliviar este insoportable síndrome de abstinencia y delirium tremens en el que ni me reconozco de un tiempo a esta parte… —menos mal que en este justo instante de náusea existencial el camarero trae mi té a la menta y me salva por los pelos aun sin querer…

Esta mañana nada más salir de Dar Hadaya Ilahe me he encaminado directamente a ver mis amigos; echaba en falta sus sonrisas, que me contagien… A esa hora los zocos, las calles principales de la ciudad, rebosaban de gente bien vestida —a su manera, con lo que tienen y se gustan—, todos más que limpios, incluso embellecidos por su misma devoción tras rezar la oración principal del viernes al mediodía. Es día de fiesta religiosa (como lo eran nuestros domingos infantiles); pero también tiempo libre para hacer las últimas compras y demorarse sin prisa, detenerse a charlar con familiares y conocidos, recorrer de norte a sur el gran eje central de la ciudad histórica que la atraviesa —las avenidas Mohammed Zerktouni y L’istiqlal, desde Bab Doukala hasta Bab Moulay Youssef, y viceversa. También me crucé con muchos extranjeros, demasiados —y eso que son la primera oleada de turistas navideños. Los turistas hacen aquí lo que hacen todos los turistas en cualquier parte del mundo: unos curiosean con los ojos tras sus gafas oscuras, otros disparan intermitentes ráfagas con sus máquinas digitales, exageran sonrisas posando para su álbum de recuerdos, otean mercancías, acarrean sus compras…

Encontré a Ahmed el platero todavía en su tienda —“Bijouterie Ethnique. Antiquités Berbères”— en el zoco de los plateros y orfebres. Besos en las mejillas, abrazos, sonrisas, preguntas comunes, otras más personales… Recuerdo vivamente, casi literalmente, la conversación que hemos mantenido hace poco más de dos horas; cómo olvidarla… Cada frase es como un sorbo de té a la menta amargo:

—Aicha nos informó de la muerte de tu mujer, Saskia…—y Ahmed lleva su mano diestra al corazón golpeándose cinco veces con contenido sentimiento.
—Sí, tuve que marcharme urgentemente en pleno Festival; murió en un accidente de coche, no llegué a verla viva —ni muerta, debería añadir; pero no se lo digo, ¿para qué?, he de mantener la ficción, ¿no?
—¿Te has vuelto a casar? ¿Tienes mujer? —Ahmed me pregunta con naturalidad lo que considera normal en todo hombre de nuestra edad. Y es que Ahmed y yo tenemos los mismos años; más aún: nacimos exactamente el mismo día —un catorce de mayo. No hace tanto que lo descubrimos entre los restos de un antiguo Registro Civil francés en Casablanca. Cuando nació Ahmed Marruecos estaba todavía bajo el Protectorado de Francia y por lo tanto con su administración. Pero pocos meses después llegó la Independencia y muchos archivos se extraviaron o perdieron su utilidad. Ahmed, como la mayoría de los marroquíes hasta muy recientemente, se han regido socialmente con disposiciones islámicas bajo la autoridad religiosa, siguiendo la tradición y la costumbre, registrados sus actos por adules (notarios tradicionales), etc. En tal situación el calendario “oficioso” más común coincidía en la práctica con el religioso, sobre todo en las provincias más distantes a las capitales occidentalizadas, y los años de referencia eran —son todavía para muchos asuntos— los años lunares de la tradición islámica; así como su Historia comienza el año 622 de nuestra era cristiana, fecha de la Hégira, cuando Mahoma y sus primeros seguidores se traladaron de La Meca a Medina. Es prácticamente imposible establecer una exacta correspondencia entre el Calendario Gregoriano y los años musulmanes —por la diferencia de días entre los meses solares y los lunares (de 354 días) y los ajustes discrecionales que suelen hacerse para validar el inicio de un mes, un año, el inicio del Ramadán, por ejemplo—, por eso el hallazgo de la fecha "cristiana" del nacimiento de Ahmed nos deparó la feliz coincidencia de haber nacido el mismo día, quién sabe si a la misma hora —qué bromas tiene el Destino. Así que Ahmed es como mi hermano mellizo; así nos tratamos, con cariño fraternal multiplicado por dos.
—No, Ahmed, no me he casado ni tengo “una” mujer —remarco intencionadamente el adjetivo numeral—… Quiero decir que por ahora no tengo una compañera en mi vida ni tampoco nadie de quien esté enamorado y pueda considerar como posible esposa o compañera sentimental en un futuro próximo. Intento utilizar las palabras más precisas, pronunciadas lentamente y con claridad, para que Ahmed entienda perfectamente mi situación… —es que es un pillo este “hermano putativo”, y siempre hay que precisar con él todas las palabras en cuestión de mujeres…
—Lo que tienes que hacer, mon ami, es acompañarme unos días a las montañas después de la Fiesta del Sacrificio. Tengo que viajar a la provincia de Al Hazouz en el Alto Atlas Occidental, desde Taroudant hasta Imlil, pasando por Aremd… Estoy seguro que esta ruta te encantará, tiene paisajes espectaculares, valles profundos y las más altas montañas de Marruecos. Quiero que conozcas a los bereberes de la tribu Aït Mizane; voy a comprarles joyas antiguas y también piezas de plata modernas que siguen fabricando con técnicas tradicionales. Las mujeres de esta tribu son de una gran belleza, sobre todo las jovencitas, enamoran sólo con mirarles a los ojos… Pablo, tienes que encontrar una mujer marroquí que te cuide a ti y a tu casa. Y las mejores son las mujeres bereberes de montaña, sin duda
—¿Pero qué dices, Ahmed? ¿Tú crees que necesito una mujer bereber? —le replico, sonriendo, como si le siguiera la corriente y me halagara su propuesta. —Así que me propones que vaya de excursión contigo a la búsqueda de una jovencita bereber que de seguro encontraremos en las tierras de los Aït Mizane o de camino; la miro, me mira, me sonríe, la tomo de la mano, me lleva ante su padre y toda la familia, negociamos la dote, me la presta su padre por una temporada a ver si congeniamos antes de casarnos, la envuelven con sus mejores vestidos y “anudan” con sus más ricas joyas, la traigo a Essaouira, cruzo con ella en brazos el umbral de Dar Hadaya Ilahe… y ya está… la mujer que necesitaba para toda mi vida; un regalo de Dios por mediación de mi hermano gemelo Ahmed… ¿Acaso piensas que una mujer es una de esas piezas de plata antigua que compras por ahí, un broche de piedras preciosas?...
—Así es… Una mujer es una joya, tú lo has dicho… Y cuando encuentras la joya más hermosa quieres poseerla, llevarla contigo el resto de tu vida, guardarla para que no te la roben; la muestras tal como es sólo a tus amigos, tu familia, la gente de tu confianza… Para obtenerla negocias con quienes la heredaron o fueron sus artífices dispuesto a dar lo máximo; su valor no tiene precio, es incalculable; ante una joya así no vale regatear ni ser mezquino… Dime, ¿por qué crees que no vas a encontrar así la mujer de tu vida? ¿No pagarías una dote por ella a su padre aunque pienses que no se debe pagar por una mujer en tu mundo? ¿No pagan los hombres por unos minutos de placer, por qué no van a hacerlo por el amor de su vida? —Ahmed quiere que entre en su juego, en su propuesta, y no repara en utilizar sus artimañas de comerciante de objetos valiosos y hermosos. No debo contestar ni proseguir sus argumentos. Tengo que finalizar esta conversación sin molestarle, pero firmemente… Me incomoda…
—Ahmed, una mujer no es un objeto precioso; quiero decir que no es un objeto. Punto… Es posible que te acompañe en el viaje; hace tiempo que quiero conocer esa región desde Essaouira-Taroudant, no por Marrakech… Pero quítate esa idea de buscarme una mujer bereber como si se tratara de una joya antigua… Yo no busco una mujer ahora… ni tampoco la buscaría de este modo en otro momento… Ahmed, el amor es algo más que unos ojos bonitos o un intercambio de miradas con curiosidad. Un hombre y una mujer han de conocerse, compartir muchas cosas y sentirse a gusto antes de decidirse a compartir todo, ellos mismos, el resto de sus vidas o hasta cuando dios quiera… No necesito una mujer sólo para que cuide de mí y la casa… Para lo segundo ya está Aicha. —le digo serio, sereno, confiando que se dé cuenta que la conversación me incomoda y que por ahí no vamos a ninguna parte.
Oui, mon ami… Entiendo qué me quieres decir… Una mujer no es un objeto, por supuesto… Pero la relación que solemos mantener entre nosotros, hombres y mujeres, es parecida a la que tenemos con los objetos… Hay objetos que son, o nos parecen, extremadamente bellos, muy valiosos, al tiempo que placenteros, incluso útiles, con un enorme valor de cambio o prestigio para quien los posee… Otros solamente los consideramos bonitos, agradables a la vista o al tacto, funcionales para algunas tareas, soportables mientras sirvan y no encontremos algo mejor… Y también hay objetos feos, desagradables, inútiles, insignificantes, que esperamos extraviar por el camino sin pena o sabemos que se deteriorarán más pronto que tarde sin importarnos… Por lo general los objetos que poseemos, que nos acompañan y sirven en la vida, tienen estas virtudes y defectos combinados. Nos sirven para algo y no para otra cosa… Por eso cuando encontramos ese objeto precioso que representa nuestros ideales, las virtudes que queremos disfrutar al máximo, sentimos la absoluta necesidad de poseerlo; más aún: “debemos” conseguirlo cueste lo que cueste —porque ya nos pertenecía y le pertenecíamos aun antes de “habernos” encontrado, reconocido por primera vez… Entonces, mon ami, no nos queda otra opción que luchar por esta joya, ofrecer cuanto podamos a su tenedor, obtener su posesión… —Ahmed me mira fijamente mientras construye sus originales argumentos y los traduce en palabras extranjeras, todo en uno, con cierta vehemencia… —Si no lo hacemos así, nos arrepentiremos toda la vida; y eso es mucho tiempo de penitencia para un hombre, Pablo… —concluye sentencioso…
—Sí, pero… —no acierto a contestarle, desconcertado. Ahmed me interrumpe, quiere rematar sus palabras con una de esas elocuentes frases que acostumbra a improvisar, que no admiten réplica, y me regala siempre que conversamos, sea el tema que sea, hasta del clima…
—Por supuesto el único propietario de una mujer es ella misma. Sus padres son sus creadores, pero eso no basta para asegurar su propiedad; son sólo meros custodios mientras ella lo permite y no encuentra alguien mejor que la proteja y cuide; o se guarda para sí misma si así lo decide y tiene poder para hacerlo… Nosotros los hombres no somos tan independientes, libres, dueños de nosotros mismos, como las mujeres… Somos… ¿cómo se dice?... Ah, sí: un apartamento de vacaciones en multipropiedad… —y ríe y me hace reír por la ocurrencia aunque no esté de acuerdo con él—… Ahmed prosigue, ahora más misterioso y solemne: —Cuando encuentras esa mujer — por favor, imagínala como un objeto precioso— sientes de inmediato (y no sólo lo supones o intuyes) que es la joya que habías soñado, que contiene realmente todas las gracias que tú imaginabas hasta entonces ideales… y ya sabes qué tienes que hacer, mon frère, no hace falta pensar mucho… Como buscador y coleccionista de gemas y cristales preciosos te aconsejo que mires a los ojos, que te fíes de las miradas, para reconocer si una mujer es o no el “regalo de Dios” que prenderás a tu alma y tu cuerpo el resto de tus días. Fíjate bien, en una sola mirada se puede descubrir el brillo deslumbrante del amor y todas sus promesas… Busca primero miradas y déjate encontrar por ellas. No las rehúyas ni las niegues nunca, mon ami… Todo lo demás a su alrededor es sólo un estuche para llamar la atención o confundir intencionadamente. No es en el resto del cuerpo o en la inteligencia en donde encontrarás esta revelación, ni tampoco te dejes llevar de primeras por los dulces halagos o por esas posturas elegantes que denotan sensibilidad y educación; se pueden falsificar, suelen provocar falsas impresiones… El amor, como la verdad, destella en los ojos…
—Sí, Ahmed, entiendo qué quieres decirme… ¿Pero por qué nada más encontrarnos? ¿Por qué has comenzado este, digamos, consejo sentimental con una invitación a buscar juntos una joven bereber en las montañas y poco menos que comprarla a sus padres si sus ojos me enamoran? Te conozco, Ahmed, tus palabras siempre quieren decir mucho más que sus evidentes significados…
—Claro… me conoces y yo te conozco, ¿no dices que somos hermanos mellizos de vientres distintos pero unidos a la misma placenta? Toda mi vida la he dedicado a aprender y saber reconocer el valor de las gemas y los cristales sólo por su brillo, por la trasparencia u opacidad de sus colores. Pero no sabes —y esto es una confesión íntima— que también me he ocupado en aprender el lenguaje de las miradas, interpretar los ojos como joyas parlantes, reconocer las virtudes y los defectos de las personas, sus sentimientos, sus valores y cobardías, en sus miradas y según el brillo de sus ojos… Nada más llegar y besarnos como hermanos he reconocido en tus ojos miedo y soledad, tristeza, sentimientos que desconocía en ti, siempre tan seguro y valiente, mirando lejos y hondo desde que te conozco… Ignoro las causas de tu mirada turbia. Pero estoy seguro que si hubiera una mujer junto a ti, si estuvieras enamorado, Pablo, no habría dificultades ni peligros que pudieran derrotarte ni sumir en tal desesperanza como interpreto en tus ojos. Si no puedes defenderte solo busca alguien que comparta tu lucha. A lo peor estás confundido y no te das cuenta que tu principal debilidad es que estás solo, te sientes solo, te niegas al amor y renuncias deliberadamente a encontrar esa mujer que necesitas prender a tu alma… Qué solo estás en Dar Hadaya Ilahe, Pablo. Una casa como la tuya sin una mujer es como un pozo sin agua. Y un pozo tan profundo seco es un gran peligro para el alma: puedes caer involuntariamente a su fondo, arrojarte desesperado… Esa no es la solución.

Me estremecen sus últimas palabras; me conmueven sus revelaciones… ¿Y si tuviera razón, Ahmed? ¿Y si lo que realmente necesito es alguien que me ayude a resolver esta historia que me angustia, me proteja mientras tanto, me haga recuperar el brillo valiente de mis ojos? —Entonces, Ahmed, ¿qué tiene que ver todo eso de las mujeres bereberes con tus consejos? —le digo por decir algo y no desfallecer en el silencio…
—Ah, son trucos de comerciante, mon ami… debía provocarte para que salieras de tu ensimismamiento e ideas fijas antes de venir aquí; tenía que cambiar tu punto de vista. También quería recordarte que el Amor siempre llega inesperado, a su tiempo, en el lugar acordado por el Destino, es decir Dios, Inch’Allah… ¿Por qué no reconocerlo en los ojos de una mujer de los Aït Mizane, encontrarlo bajo las montañas del Atlas? Hay que estar atento, ciertas maravillas sólo suceden una o dos, o tal vez tres, ocasiones en la vida, no muchas…
—De acuerdo, Ahmed, pensaré en tus palabras. Intentaré cambiar mi punto de vista. Te prometo que haré todo lo posible por recuperar el brillo de mis ojos…
Inch’Allah, mon frère… —y celebramos mi promesa con tres besos en las mejillas y un dúo de palmas en el corazón…
—Gracias, gracias, gracias, Ahmed… Voy a seguir mi paseo, necesito generar energía suficiente para esa alquimia… Ahora voy a saludar a Hassan el yerbatero, ¿está en Essaouira?
—Si, está en la ciudad, pero no creo que le encuentres en su negocio. Hoy es viernes y es posible que todavía esté en la mezquita. Ya sabes cómo es… —Cómo no saberlo, Ahmed, pienso para mis adentros. Hassan es un hombre religioso, más que eso. Muchos le consideran un fanático tradicionalista y quién sabe si peligroso. Es el líder de un grupo muy numeroso de jóvenes religiosos barbados y mujeres que ocultan totalmente su cuerpo y su rostro, lo que no es común ni en Marruecos ni Essaouira. A todos les extraña nuestra amistad. Si supieran…
—Es cierto, no había caído… Bueno, pasaré mañana por su botica.
—Te cuidado con Hassan, Pablo; en los últimos meses ha extremado sus posiciones. Lo que está sucediendo en Irak y Palestina le ha dado argumentos muy radicales y su gente empieza a actuar con cierta violencia sin ocultarse. Tú sabes que aborrecen todo lo occidental. Si no fuera porque la tienda de productos naturales y medicinales de Hassan les da buenos ingresos y permite financiar sus actividades estoy seguro que habrían asustado a los turistas y prohibido que transitaran por su barrio. Intenta no discutir con él… Además dicen que está preparando algo muy fuerte para las próximas semanas. Hassan y Aziz van a perjudicar a esta ciudad, ya verás.
—Te agradezco la advertencia, Ahmed. Desde luego lo que menos deseo ahora es abrir otro frente conflictivo en mi vida, y menos en Essaouira. No obstante pasaré mañana a saludarle y conocer de sus labios qué piensa… —estas últimas palabras las pronuncio alejándome de Ahmed, seguramente no las escuchó; mis palabras y mis silencios necesitan tanta insulina como yo, vamos de paseo…


Es tarde-tarde… hora de volver a casa. Tengo hambre. He de escribir y pasar mis notas de la Moleskine al laptop. Además consumí toda la tetera, toda su amargura, y el sol comienza a sentirse derrotado un día más, no quiero que me contagie… He descansado suficiente; recordado y trascrito lo importante, la conversación con Ahmed. Para qué más tiempo en el Café de France… El resto de este día y toda la noche hasta el sueño pertenecen a Dar Hadaya Ilahe. Vuelvo contando turistas como borregos…

Nada más entrar en el Dar reconozco la voz de Souad Massi dándome la bienvenida con su nostálgica voz. Aicha ha puesto Raoui… Ahora mismo Souad canta J’ai Pas de Temps, una agridulce balada melancólica… On m'avais dit que la vie est belle / Mais moi je la trouve des fois cruelle / La fumé noir a pris la place du ciel / Les grandes tours ont caché les étoiles… —no podría ser más oportuna esta canción para expresar mis reclamos. Cuántas veces una canción escuchada al azar responde por nosotros o nos pregunta impertinente… ¿sólo coincidencias?— Entro en la cocina y comienzo a preparar mi no sé cómo llamarlo… Debo poner orden primero en mis comidas, en mis horarios, o la diabetes me va a dar un susto que no me puedo permitir… El tajin de pollo con limones confitados todavía está caliente pero necesita un último golpe de fuego; recalentaré también la harira… Qué delicias me prepara Aicha… Qué extraña relación la nuestra… Ojalá no le haya abrumado demasiado esta mañana con mis confidencias y acaso excesivas precauciones… necesito tanto de su serenidad y fortaleza… —salgo y entro de la cocina al claustro trasegando pensamientos y platos por igual… Me detengo para escuchar las últimas estrofas de la canción: Seule dans la rue déserte / Seule traversant l'hiver / Je marche sans tourner le tete / Je suis mon chemin de solitaire… Solo, eso es. Solo más que solitario… qué razón tiene Ahmed… Dar Hadaya Ilahe necesita humedad, que la hidrate y no con recuerdos tristes precisamente… Necesito llevarme ojos ajenos a la cara, atreverme… ¿Pero aquí en Essaouira? Si he venido para estar invisible… Ciego e invisible, qué ruina de hombre…

¡Por fin en “Paul Klee”! La habitación está confortable, con la temperatura que me gusta, templada… Toda ella está en perfecto orden. No tengo más que conectar el laptop y empezar a trascribir mis notas, los párrafos que empecé a redactar más o menos definitivos ayer en el viaje, los subrayados en El vendedor de cuentos… Antes de comenzar a escribir conecto el equipo de música… Pienso… ¿qué música?... De la primera pila de Cd’s tomo unos cuantos confiado en encontrar pronto lo que necesito… Miss Kittin —no, ahora no—, Red Snaper, Thievery Corporation… Kitaro, Sonatas de Mozart, Schubert… más Souad Massi —no; necesito una voz de hombre—… ¡Leonard Cohen!… —sí, esa es mi voz… voz de durazno, dicen—… The Essential de Leonard Cohen. ¡Perfecto!… En unos segundos Leonard y yo cantamos a dúo I'm Your ManSi tú quieres un amante / haré cualquier cosa que me pidas / Y si quieres otro tipo de amor / me pondré una máscara por ti / Si tú quieres un compañero, coge mi mano / O si lo que deseas es golpearme con rabia, / aquí estoy / Soy tu hombre

Petter el Araña confiesa que ha inventado historias desde su infancia. Siempre ha estado inspirado para imaginar ficciones y relatos, bien a modo de novelas o cuentos, obras de teatro o guiones cinematográficos, pero nunca ha llevado a cabo sus proyectos, ni siquiera lo ha intentado. El único desarrollo de sus ideas que se ha permitido escribir son sus famosas sinopsis, es decir un resumen de las ideas fundamentales de la historia imaginada, de los aspectos originales que la significan, algunos detalles de la trama o sus circunstancias si vienen a cuento, y poco más; algo así como el trailer de una película. Al principio esas sinopsis fueron meros bocetos, luego constituyeron una especie de género propio, para terminar siendo un negocio redondo de venta de ideas al por mayor, base de su fortuna e influencia literaria… En realidad su problema es que tiene “demasiada inspiración” e imaginación. Tal es así que no ha tenido más remedio que generar ideas sugerentes toda la vida, muchas de ellas geniales por su excepcionalidad o complejidad, y darles forma inventando tramas y misterios tan buenos por no decir excelentes. “Con tantísimas tramas para elegir —dice el Araña—, ¿cómo saber cuál escoger para una novela?” Además el protagonista de El vendedor de cuentos piensa que “los novelistas tienden a concentrarse en una misma idea durante mucho tiempo, a veces varios años”, lo que le parece “una falta de energía, de lucidez mental”… Su temperamento le ha llevado a otras empresas literarias: “Aunque hubiese sido capaz de concentrarme para escribir una novela, no me habría dado la gana hacerlo. No habría tenido motivación suficiente para escribir una novela, una vez que la idea había sido concebida y se encontraba a salvo en una libreta o carpeta”…

Entiendo muy bien a Petter el Araña porque desde que tengo “uso de razón literaria” no he parado de inventar historias y plantearme todo tipo de proyectos literarios pero he sido incapaz de concentrarme suficiente para terminar por completo una obra de “largo recorrido”, por ejemplo una novela. Yo si lo he intentado, no como el Araña, pero fueron empresas fallidas; y mira que puse voluntad —a lo peor me faltó convicción. Durante años pensé que era vago o inconstante o un diletante, o de todo un poco o mucho, pues en las cinco novelas y casi una veintena de relatos largos que comencé no pude pasar siquiera del tercer capítulo en ninguno de ellos. Sin embargo he escrito mucho, muchísimo, y he publicado un centenar de textos más bien largos —densos, con sustancia— del tipo de literatura que suele calificarse como “ensayos” y en inglés “papers” y “research papers”. Escribo y he escrito preferentemente acerca del Arte y los artistas visuales, de estética y otras temas concurrentes, en general sobre los procesos de creación y representación artísticos, pero siempre desde una perspectiva más vital y experimental que teórica, es decir del arte y la vida como sinónimos, como experiencias coincidentes, incluso intercambiables. Dicen que mis ensayos son “diferentes”, y yo también lo creo. Aunque el principal objetivo de estos ensayos sea argumentar hipótesis críticas, analizar y exponer los asuntos que me interesan, por los que tengo curiosidad intelectual, formalmente son textos escasamente académicos. Siempre he cuidado la forma y el ritmo más de lo habitual en estos casos; digamos que literariamente, incluso poéticamente, para que sean deliciosos de leer, exquisitos además de inspirados… No soy pues un vago ni un inconstante ni un diletante escritor… salvo en lo que atañe a escribir narraciones y contar largas historias; y es que a lo peor intentaba escribir una novela sin pies ni cabeza… y eso es una monstruosidad.

Es un error postmoderno pensar que se puede escribir primero y vivir después” —afirma categóricamente Jostein Gaarder-Petter el Araña… “Primero se vive, y luego, si uno quiere, podrá evaluar si tiene algo que contar, y eso lo dice la vida misma. La escritura es fruto de la vida, y no la vida fruto de la escritura”… Concuerdo absolutamente con el “vendedor de cuentos” respecto a este asunto germinal —qué mejor que expresar mis pensamientos bajo la autoridad de sus palabras, “collageando” fragmentos de su obra autobiográfica: “En el caso de escribir se hace porque se tiene algo que decir, algunas palabras de consuelo para otras personas… pero uno no se sienta a “escribir” sólo para “escribir”… “Cuando un gran escritor no tiene nada que contar, hace otra cosa, tal vez cortar leña”… Un gran escritor no intenta inventar algo que escribir, sino que sólo escribe cuando tiene que hacerlo…

El ring de mi teléfono marroquí interrumpe la concentrada tarea de recolectar y trasegar las palabras de Petter el Araña a mi propia historia; me sobresalto por esta inesperada llamada todavía anónima… Aguardo en silencio la voz al otro lado… mi corazón se revoluciona expectante.
—¿Pau… estás ahí? —reconozco la voz de Lourdes, suspiro tranquilo; mi corazón se remansa…
—Sí, claro… estaba esperando una voz conocida. Qué alegría escucharte… Ayer antes de salir de la isla intenté hablar contigo pero tenías el teléfono desconectado. Te dejé este número en tu buzón porque necesitamos estar en contacto ahora más que nunca; mi teléfono personal lo cerré y no pienso utilizarlo en adelante. Quiero estar ilocalizable para el resto del mundo.
—Eso interpreté en tu mensaje… ¿Pero estás en Italia como dices en tu contestador automático, o dónde? Este número es de Marruecos; supongo que estás en Essaouira…
—Sí, Lou, estoy en mi casa en Essaouira “refugiado”; lo de Italia es sólo para despistar…
—No pensé que ibas a escapar tan pronto…
—¡Cuánto quieres que espere, Lou! ¿Qué debo esperar?... ¿Que vengan una noche a casa a quitarme de en medio? Aquí al menos me siento protegido…
—Bueno, no te alteres, Pau… Entiendo que allí te sientas más seguro… Pero también necesito tenerte cerca para sentirme segura… Pensé mucho estos días acerca de la dependencia que siento por ti. Aunque me duela, admito que tus sentimientos hacia mí no son los mismos que yo siento, y que no quieras “complicar” más tu vida de lo que está… aunque sin querer me la hayas complicado a mí… —y sus palabras son un firme reproche aun pronunciado con delicadeza. —Compartimos muchas cosas ahora, Pau, secretos en común y también sus riesgos y peligros; así que compartir la cama no me parece una complicación tan insoportable… Estamos implicados en la misma historia, Pau… ¿O no te das cuenta; tan ocupado estás en escapar? —prosigue Lou sus reclamos con sutil ironía…
—Lo sé, Lou… y tú saps què vull dir-te, ¿no? Compartir la cama contigo me perece no sólo soportable sino adictivo… —y al otro lado oigo su risa fresca, un torrente de “semicarcajadas”—… Sólo quería decirte que no voy a tu ritmo sentimental por ahora. Que no puedo poner la atención que quisiera en nuestra relación, y que no podemos tener futuro si no soluciono antes mi presente…
—Y de paso el mío, mi querido Pau… En fin… continuaremos “lo nuestro” en otro capítulo; me va a costar una fortuna esta llamada… Te cuento novedades telegráficamente; luego te escribo y envío algunos recortes de noticias de agencia que me han llegado hoy…
—Estoy impaciente, Lou… Te necesito —e intento pronunciar esas palabras con todos los significados y matices de mi necesidad; más aún después de mi conversación con Ahmed…
—Eres un encallecido seductor, Pau… Bien, vamos a la pocilga… Te cuento: Don Pedro Emilio hizo ayer una declaración voluntaria en la Audiencia Nacional. Lo sorprendente es que ha implicado a sus tres hijos y un par de hombres de total confianza, dos de sus testaferros. He hablado con algunos amigos juristas en Madrid para interpretar esta “traición” familiar y están seguros que no es lo que parece. Me explico: creen que les está protegiendo aunque les implique. Les protege de dos maneras complementarias… Primero haciéndoles partícipes de algunas de sus tramas menores, por supuesto también delictivas. Lo que supone que el Juez les llamará a declarar no más tarde de mañana, antes de Navidad; pero ahora ya no como testigos sino como acusados, por lo que tienen derecho a defenderse incluso con la mentira o negándose a testificar para no incriminarse… —hasta el momento eran sólo testigos para el Fiscal, es decir estaban obligados a decir la verdad, a colaborar absolutamente con la Justicia, a riesgo de perjurio o sanciones por su obstrucción si no lo hacían. Así que el jefe de la familia se protege, implicándoles, protegiéndoles con su acusación… una paradoja legal muy eficaz… ¿Oyes bien, Pau?
—Sí, Lou… continúa, por favor, no te quiero interrumpir
—Pero con esta estratagema parece ser que también quiere protegerles físicamente y no sólo jurídicamente. Se dice que ha pactado con el Fiscal para que solicite al Juez sus internamientos preventivos en la cárcel, si es posible en la misma prisión en donde está ahora Don Pedro Emilio, aunque estén incomunicados. Seguramente el Juez les impondrá una fianza que no desembolsarán y pasarán de inmediato a la cárcel. Con este extraño movimiento deduzco que el Sr. Piedra está confesando que se siente en peligro, él personalmente y su familia y allegados más próximos, acosados no sólo por la Justicia sino por algo o alguien todavía desconocido… Tiene miedo por sus vidas. ¡Qué fuerte!… Don Emilio Piedra, el gran “Capo” de la Operación “Piratas del Mediterráneo”, acojonado por su vida y las de su gente, se refugia en la cárcel de Alhaurín de la Torre protegido por Instituciones Penitenciarias y un ejército de delincuentes que seguramente habrá reclutado en prisión… ¡Qué titular!
—Lou, si esto es verdad, la historia da un giro si cabe más perverso, tan misterioso como inesperado… ¡Imagina!… ¿Quién puede estar detrás o enfrente de un hombre tan poderoso? ¿Y si sólo fuera que se está protegiendo de la venganza imprevisible de alguien menor entre los que ha estafado y dejado por el camino? —intento rebajar con escasa convicción el grado de amenaza a Don Pedro Emilio.
—No creo; para eso hubiera bastado con esconderse en cualquiera de sus casas-bunker y contar con un puñado de guardaespaldas… No olvides que su mujer, aunque bajo control policial, todavía está libre, refugiada en su casa de Sotogrande. Parece que va a ser la única que se arriesga a permanecer fuera de la cárcel separada del resto; yo creo que ha asumido la “jefatura” de la familia en el exterior…
—Pues claro, Lou… Doña Carmen es la única persona en la que pueden confiar afuera… Qué carácter el de esta mujer; no veas el coraje que tiene pese su aspecto frágil y belleza de porcelana… —cómo me impresionó Carmen cuando la conocí; la recuerdo siempre como una hermosa figura de “Blanc de Chine”…
—Y hablando de mujeres… Me han asegurado que Iris Barbier, la testaferro "sexy" de Don Pedro Emilio en Madrid que “cayó” la semana pasada, no sólo era una amiga de colegio de tu difunta “ex”… —y lo deja caer como si nada… Le interrumpo de inmediato con un sostenido siseo que atiende sin más. Sabe que me duele su intención.
—Lou, por favor, no me que gusta que adoptes este tono y utilices esas palabras cuando te refieres a Saskia; lo sabes —le reprocho secamente…
—Discúlpame, Pau, no lo hice con "muy" mala intención… Prosigo: la dulce Iris parece que también era “más que amiga” de su marido, Rodrigo… y socios en algunos negocios nada transparentes… ¡Vamos, Pau, es que tu Saskia me sale por todas partes aun sin querer! Estoy harta de su fantasma… —concluye efectivamente harta por el tono de sus palabras.
—Gracias, Lou por tu información… pensaré en ello. Tengo mucho tiempo aquí para pensar y escribir acerca de estas novedades. Por favor, envíame por e-mail esas noticias y lo que se te ocurra. Llámame cuando quieras y cuídate, que solamente tengo una Lou… Por cierto, ¿recibiste más amenazas por teléfono?
—No... Vale, descuida, lo haré… Además me han confirmado que Don Pere Barceló está recluido “voluntariamente” en su finca desde hace una semana protegido por un auténtico ejército de guardaespaldas y compañías de seguridad. Ojalá la misma desconocida amenaza tenga acojonados por igual a Piedra y Barceló… Dios, qué pesadilla… ¡Qué cabrones!
—Así sea, Inch’Allah… Un beso, Lou. Cuelga; de verás te costará una fortuna… Ten cuidado; por favor, no te arriesgues demasiado…
Ciao, hasta mañana, encallecido seductor… Disfruta tu soledad…

Cesa la voz de Lou al otro lado y nuevamente Leonard Cohen se adueña de mis oídos y mi atención en la soportable soledad de “Paul Klee”… “Todo el mundo sabe que los dados están cargados / Todo el mundo los tira con los dedos cruzados / Todo el mundo sabe que la guerra ha terminado / Todo el mundo sabe que los buenos perdieron / Todo el mundo sabe que la pelea estaba amañada / Los pobres seguirán pobres, los ricos se harán ricos / Así es como va… / Todo el mundo lo sabe”… Everybody Knows, everybody knows

Carta-oración a Lou:
Gracias Lou por estar en mi vida aunque no como deseas… Gracias por perseguir tus sueños e invitarme a formar parte de ellos… Gracias por insistir aquel domingo de octubre y no dejarme a solas con el vendedor de cuentos; por llevarme de excursión al Amor por los alrededores de Selva y Caimari… Gracias Lou por detener tu coche al atardecer y llevarme de la mano a tu boca, y de tu boca a tu vientre, acostados sobre la hojarasca de otoño… Gracias por secuestrarme aquella noche y decirme al oído esas palabras que los amantes se dicen abrazados, desnudos, sin cautelas… —hacía tanto tiempo, Lou… Gracias por retenerme hasta la mañana siguiente mientras esos hijos de puta a sueldo de sus señores entraban a mi casa y saqueaban de madrugada, violaban mis pequeños secretos y robaban mi memoria mineral doméstica modelo Asus, por supuesto… Gracias por compartir mis secretos y hacerlos tuyos por casi nada… Gracias por ayudarme a sobrevivir desesperado por casi todo… Gracias por soportarme y aguantar todo esto sin perder la sonrisa ni extraviar tus caricias por el tortuoso camino del miedo y la madre que lo parió… Gracias por resistir mis negaciones a pies juntillas y sin una lágrima… Gracias por estar aquí y ahora invisible a mi espalda mientras te escribo… No me faltes. Inch’Allah

—Recuerdo que aquella primera noche, luego de amarnos —yo pensativo y silencioso, contemplando abstraído la lámpara de papel de arroz de tu habitación— me dijiste valiente que no querías fantasmas en tu cama, que me fuera con el fantasma de Saskia a otra parte… Perdona, Lou, he vuelto a leer otra vez esta noche nuestras cartas, a mirarle a los ojos… Saskia se conoce al dedillo los corredores y laberintos del laptop; está por todas partes…


Foto: Cafés en Essaouira. Place Moulay Hassan

lunes, 3 de noviembre de 2008

1er. Capítulo/ Es media noche en Essaouira...

Es media noche en Essaouira. Hace apenas una hora que llegué de Marrakech. Aicha me vino a buscar al aeropuerto en su cochecito, con su hermano —qué atenta y servicial esta mujer, es un cariño; hoy se ha metido en el cuerpo más de seis horas de carretera (marroquí) con interminables filas de camiones transitando hacia el sur y desde el sur… para qué más detalles…

Todavía es 21 de diciembre cuando empiezo a escribir. Solsticio de invierno, el día con menor número de horas de luz, la noche más larga del año. No hay luna visible, por supuesto… La Vía Láctea, de tan blanca, densa, sin rival, parece leche condensada. Me gustan estas noches de invierno sin luna, despejadas, disfrutar las estrellas fuera de la ciudad, en cualquier descampado. Qué mejor decampado que un desierto o algo que se le parezca; por ejemplo la extensa planicie desértica de piedras que hemos atravesado de camino, el reg cercano a Chichaoua. Aunque hemos tardado tres horas en llegar desde Marrakech el tiempo me ha pasado en un santiamén abstraído y sumergido en ese profundo pozo inverso de negrura con millones de luciérnagas estelares a miles de años luz de nuestras miradas… Qué pequeños somos, Dios, y qué portentosa nuestra imaginación que nos hace grandes y temibles.

Por fin en Essaouira, en Dar Hadaya Ilahe, mi hogar secreto: escapado, refugiado, confundido, ocupado esta primera noche nada más llegar en escribir una novela, un libro que pueda salvarme… Ahora mismo todavía es 21 de diciembre: 21.12.2006… —me fascinan los números capicúa, los juegos y diabluras que podemos hacer con todos los números reales e imaginarios para descubrir y revelar insospechadas relaciones encadenadas de causa y efecto, catástrofes de la lógica, conjunciones mágicas que se resisten a cualquier verificación racional… Media noche y solsticio de invierno en Essaouira: creo que no he podido elegir mejor fecha ni más adecuado lugar para conjurar y hacer confluir en un instante de eternidad, inmóvil y silencioso, la poderosa gravedad de la realidad acontecida, las historias vividas (pasadas), las cosas memorables (recordadas), y el irresistible magnetismo de lo posible por suceder, los cuentos por inventar, las cosas que todavía son sólo deseo y esperanza… En la doméstica eternidad de Dar Hadaya Ilahe, aquí y ahora, todo esto se manifiesta al unísono, parecen fin y principio corales, y aun con todo sucesivos y distintos, tan distintos como distantes en tiempo real…

Inicio pues la tarea de describir los hechos y relatar las historias que me condujeron aquí esta noche, al tiempo que comienzo a construir el pasaje de tal realidad a la ficción de una novela presuntamente autobiográfica… Qué cosas tienen la literatura y la imaginación escrita que nos hacen dueños de los tiempos y los espacios, conformarlos a nuestras hechuras... ¡Qué poder el de la escritura! ¡Qué perversa arrogancia la de los escritores jugando con los tiempos a su capricho!... Y aun con todo qué difícil resulta elegir a estas primeras alturas del relato los tiempos más precisos y sus verbos. No quisiera pecar de soberbia nada más comenzar… ¿Qué hacer? ¿Cómo empezar? O la humildad del aquí y el ahora —Es media noche en Essaouira—… o el emocionado recuerdo de uno de esos momentos trascendentes que nos regala el destino de vez en cuando e invariablemente solemos convocar con una palabra tan inocua como “entonces”… ¿Cómo distinguir lo que es real o ficción sólo en sus verbos?

Entonces encontré el libro que me decidió a escribir esta novela… Sucedió el pasado 28 de octubre, al medio día, en la librería Literanta de Palma. Era sábado, recuerdo. Quería pasar un fin de semana tranquilo en casa, sin salir, felizmente entretenido por alguna buena novela mientras ponía en orden mi cabeza y repasaba sin urgencia los acontecimientos que habían sacudido dramáticamente mi vida los últimos meses desde aquel terrible 23 de junio. Por fin iba a tener un par de semanas sin compromisos, a dios gracias solo. Buscaba sin buscar en las estanterías repletas de libros confiado al azar, guiado apenas por la intuición, dejando que el libro que fuera a anestesiar mi desasosiego los próximos días me encontrara a mí más tarde o temprano. El milagro sucedió como ocurren casi todos los milagros literarios, lo que llamo efecto “Umberto Eco”… es decir al sentirme atraído por una portada cualquiera, seducido por algo realmente inefable de la fachada de un libro, su imagen, su encuadernación o qué sé yo… El vendedor de cuentos de Jostein Gaarder era un libro cualquiera hasta “entonces”.

De Gaarder sólo conocía su primer best seller, El Mundo de Sofía, que había comprado nada más publicarse pero nunca leí por completo. Confieso que lo hice a mordisquitos pequeños y distantes, interrumpidos durante meses, años, de modo nada lineal sino seleccionando los capítulos a mi gusto, según mi interés previo por las ideas de tal o cual filósofo, escogidos entre todos aquellos que el joven y exitoso autor noruego había resumido y digería en su novela-tratado de filosofía; un libro desde luego nada infantil y menos ingenuo. Jamás había pensado ni siquiera imaginado como posible que una novela de Gaarder pudiera fascinarme, incluso obsesionarme, como lo ha hecho estas semanas El vendedor de cuentos; ni por asomo que fuera a estimularme tanto como para decidirme a escribir mi propia novela, desactivando los frenos y los tabúes que hasta ahora me habían impedido finalizar esta heroica tarea —así pensaba y todavía creo: escribir un libro de ficción. Y mira que lo intenté…

La portada de El vendedor de cuentos contiene una imagen ambigua, borrosa, de dos personajes de Le cirque du Soleil fotografiados por Richard Avedon. Quien diseñó esta cubierta sabe fabricar máquinas eficaces para atraer miradas, incitar nuestra curiosidad. Y no sólo por lo sugestivo del título del libro, que lo es, o el atractivo dorado opaco de su tipografía o el color azul Prusia del fondo de la cubierta, tan profundo como la noche en el desierto… sino en mi opinión por el fragmento elegido de la imagen de Avedon: la representación de algo esencialmente informe e indescriptible que nos obliga a interpretar sin apenas asideros formales. No reconozco casi nada en esta imagen... sólo a alguien que acarrea una maleta, o me lo parece, alguien que lleva un sombrero de fieltro, una escala de cuerda… Qué minúsculas evidencias, ¿no?, y sin embargo nos llaman la atención, hipnotizan. Es que conocemos tan poco de la química de la atracción aunque se empeñen en lo contrario los más descreídos bioquímicos, todos esos que pretenden reducir a fórmulas magistrales los sentimientos, el amor por ejemplo. De la alquimia sólo podemos hablar con metáforas y palabras oscuras... por ahora.

Una vez atrapado por la venial estrategia visual que suele ser la portada de un libro, mis siguientes pasos son facilmente deducibles, como los de cualquier víctima curiosa: tomé el libro, sopesé, acaricié su lomo y aprecié la lisura de su cubierta... enfoqué mejor la imagen para reconocer algún detalle menos evidente, desistí resignado. Y de seguido fuí a leer algo en la contraportada que me orientara y confirmara lo acertado de mi primera intuición… Entonces leí acerca de la habilidad del protagonista, Petter el Araña, sobre su portentosa imaginación y actividad principal: “crear todo un negocio de venta de ideas a aquellos que no las tienen”. A simple vista el personaje me parecía genial e indudablemente prometedora la trama que el autor había planteado en su novela: el ascenso y caída de Petter el Araña, un hombre egocéntrico al que no le interesa la fama, que escribe ideas y argumentos para otros y los vende y que un día se siente amenazado por no sé quién y escapa a no sé dónde… Aunque parezca escasamente sustancial, este escueto resumen "casi" me decidió a comprar la novela de Gaarder. Estuve definitivamente seguro cuando leí una frase decisiva: “Es la historia de todos los que quieren escribir pero que no tienen nada que contar”. Qué parcos en palabras y signos son a veces los oráculos que nos señalan el sentido de nuestras elecciones más importantes, su elocuencia se expresa generalmente con pocas palabras; y qué extraños e impredecibles sus consejos…

Volví a casa impaciente por iniciar la lectura. Era tarde; no me apetecía cocinar. Tenía hambre; me preparé un bocadillo de queso de cabra con sobreasada que me comí en tres bocados; ah, y un par de mandarinas de postre… Luego de este improvisado almuerzo salí a la terraza —en esas fechas el sol de tarde en el Mediterráneo todavía es amable y generoso para los lectores a la fresca— y me puse de inmediato a leer los primeros capítulos de aquel libro inesperado que intuía revelador; estaba irracionalmente seguro que la novela, su historia, en absoluto me iban a defraudar. Pero lo que no podía imaginar entonces era hasta qué punto su lectura me atraparía, más bien abduciría, durante días de sorpresa en sorpresa... sometido a la ley de las semejanzas y coincidencias en cadena, reconociendo más que evidentes paralelismos entre muchas de las cosas que allí se contaban con mi propia vida y sus más recientes acontecimientos, incluso a proyectarme en algunas de las frases más chispeantes del “vendedor de cuentos”, o de Jostein Gaarder, su autor, para el caso los mismos…

Las primeras setenta páginas las leí en un abrir y cerrar de ojos. Todavía había luz diurna cuando llegué a la página 72 en la que Petter el Araña conoce a María y se enamora de ella por primera vez en su vida, “con locura”. Hubiera continuado la lectura de un tirón hasta acabar sus más de 200 páginas si no hubiese interrumpido aquel estado de entusiasmo literario una llamada que entonces consideré inoportuna, además de innecesaria, dados mi trance y ensimismamiento. Era Lourdes Rosselló, una amiga periodista que me había entrevistado unas semanas antes, para recordarme mi promesa de vernos nada más volver a la isla… a cenar, por ejemplo, para hablar largo y tendido de algunas cosas que había empezado a contarle en Alicante —por supuesto “off the record”, no sólo por la discreción y cautela que requerían el asunto en cuestión sino sobre todo por nuestra vieja amistad y mutua confianza. Me excusé convincentemente por no quedar para cenar esa noche y acordamos vernos al día siguiente: quedamos en llamarnos por la mañana, pensar mientras tanto cuándo y dónde nos encontraríamos, a lo mejor planear una excursión al campo o a la costa norte para almorzar juntos el domingo.

Luego de terminar la conversación no pude volver a la novela. Salí al jardín, atardecía… Maravillado una vez más, contemplé el espectáculo del crepúsculo isleño... Los últimos rayos de sol reverberaban en su cielo otoñal: todos los matices imaginables entre el azul cobalto hasta el rojo burdeos, azules irisados y amarillos de nápoles, rosas asalmonados, naranjas cobrizos, mandarinas de la china, ocres teja, mostazas… Qué belleza tan conmovedora, manirrota, casi gratuita, apenas a cambio de una mirada agradecida, absolutamente emocionado por este inesperado regalo de la naturaleza derramándose de nuevo en exceso… Anocheció y ya sólo pude volver al "vendedor de cuentos" a través de los apuntes y las citas que había tomado en mi cuaderno de notas mientras leía; ni siquiera lo volví a abrir para revisar mis subrayados…

Al rememorar aquí en Essaouira, ya de madrugada, aquella primera lectura y las circunstancias que la rodearon tengo a mi mano el cuaderno de notas que me acompaña inseparable desde hace unos meses. En él he depositado no sólo algunos párrafos transcritos de El vendedor de cuentos (con mis propias anotaciones y pensamientos recurrentes) sino sobre todo confidencias inéditas, secretos en clave que sólo yo conozco, mensajes cifrados por si me sucede algo inesperado e indeseable, un racimo de corazonadas y testamentos mínimos junto a algunos haikus de mi invención también encriptados, una cábala de números y nombres que creo se entrelazan de algún modo mágico e incluso el guión esquemático de ésta mi primera novela… Es el manuscrito. Punto.

Empiezo a sentirme agotado… claro, el viaje, las emociones, la hora. Menos mal que Aicha ha subido la maleta y mis bolsas al dormitorio antes de marchar a su casa. Afortunadamente estoy desganado y no necesito más tentempié que un tazón de harira de la inmensa olla que ha preparado Aicha —la mejor harira de Marruecos, sin duda, nunca me canso de repetírselo (y es verdad). Qué feliz se pone esta mujer cuando llego a casa de tarde en tarde, casi siempre de incógnito y solo, y puede cocinar todos los días para mí; estoy seguro que entiende que sus comidas son mucho más que excelente gastronomía para el señor de “Lacasa”… Mañana, es un decir, en unas horas, seguiré escribiendo… Ahora me es imposible continuar, pronto llamará al rezo del alba el muecín. ¡Qué delicia de harira! Realmente esta casa es mi hogar…

Mañana escribiré más cosas sobre El vendedor de cuentos y las correspondencias que he anunciado entre mi vida y la historia que escribió Gaarder. Quiero que desde el principio mis futuros lectores entiendan por qué es tan trascendental que escriba esta novela, que se vayan haciendo una idea aproximada del asunto que traigo entre manos, antes incluso que conozcan algunos de los episodios que me han obligado refugiarme no sé hasta cuándo en Essaouira. Por ahora no se me ocurre nada mejor que transcribir algunas de aquellas citas y anotaciones que llenan mi cuaderno. Unas son palabras y reflexiones que Gaarder pone en boca de su protagonista —no sabremos nunca si gracias a la ficción misma o si se trata de testimonios de su propia convicción, qué importa—, otras son aventuras concretas hasta cierto punto autónomas que experimenta Petter el Araña a lo largo de su singular biografía. Espero no trasgredir con estas trascripciones, en general poco extensas, ningún derecho de autor que pertenezcan a Gaarder o a su editorial, no es esa mi intención, muy al contrario. Si algún pecado debo confesar, y no arrepentirme, es el de haberme reconocido excesivamente en ciertos fragmentos de su novela, hacerlo sin pudor alguno… al fin al cabo una prueba más de mi admiración por su talento literario y sus extraordinarias dotes de ventrílocuo. Petter el Araña, Pau Bondia, qué par de muñecos tiene ese hombre en sus manos aun sin querer…

Ah, también escribiré sobre Essaouira, mi casa, Aicha, su harira… Ojalá pueda escribir cada día, cada noche hasta el amanecer, mientras viva... ¿por qué no?




Foto: portada de El vendedor de cuentos. Jostein Gaarder. Editorial Siruela