Es media noche en Essaouira. Hace apenas una hora que llegué de Marrakech. Aicha me vino a buscar al aeropuerto en su cochecito, con su hermano —qué atenta y servicial esta mujer, es un cariño; hoy se ha metido en el cuerpo más de seis horas de carretera (marroquí) con interminables filas de camiones transitando hacia el sur y desde el sur… para qué más detalles…Todavía es 21 de diciembre cuando empiezo a escribir. Solsticio de invierno, el día con menor número de horas de luz, la noche más larga del año. No hay luna visible, por supuesto… La Vía Láctea, de tan blanca, densa, sin rival, parece leche condensada. Me gustan estas noches de invierno sin luna, despejadas, disfrutar las estrellas fuera de la ciudad, en cualquier descampado. Qué mejor decampado que un desierto o algo que se le parezca; por ejemplo la extensa planicie desértica de piedras que hemos atravesado de camino, el reg cercano a Chichaoua. Aunque hemos tardado tres horas en llegar desde Marrakech el tiempo me ha pasado en un santiamén abstraído y sumergido en ese profundo pozo inverso de negrura con millones de luciérnagas estelares a miles de años luz de nuestras miradas… Qué pequeños somos, Dios, y qué portentosa nuestra imaginación que nos hace grandes y temibles.
Por fin en Essaouira, en Dar Hadaya Ilahe, mi hogar secreto: escapado, refugiado, confundido, ocupado esta primera noche nada más llegar en escribir una novela, un libro que pueda salvarme… Ahora mismo todavía es 21 de diciembre: 21.12.2006… —me fascinan los números capicúa, los juegos y diabluras que podemos hacer con todos los números reales e imaginarios para descubrir y revelar insospechadas relaciones encadenadas de causa y efecto, catástrofes de la lógica, conjunciones mágicas que se resisten a cualquier verificación racional… Media noche y solsticio de invierno en Essaouira: creo que no he podido elegir mejor fecha ni más adecuado lugar para conjurar y hacer confluir en un instante de eternidad, inmóvil y silencioso, la poderosa gravedad de la realidad acontecida, las historias vividas (pasadas), las cosas memorables (recordadas), y el irresistible magnetismo de lo posible por suceder, los cuentos por inventar, las cosas que todavía son sólo deseo y esperanza… En la doméstica eternidad de Dar Hadaya Ilahe, aquí y ahora, todo esto se manifiesta al unísono, parecen fin y principio corales, y aun con todo sucesivos y distintos, tan distintos como distantes en tiempo real…
Inicio pues la tarea de describir los hechos y relatar las historias que me condujeron aquí esta noche, al tiempo que comienzo a construir el pasaje de tal realidad a la ficción de una novela presuntamente autobiográfica… Qué cosas tienen la literatura y la imaginación escrita que nos hacen dueños de los tiempos y los espacios, conformarlos a nuestras hechuras... ¡Qué poder el de la escritura! ¡Qué perversa arrogancia la de los escritores jugando con los tiempos a su capricho!... Y aun con todo qué difícil resulta elegir a estas primeras alturas del relato los tiempos más precisos y sus verbos. No quisiera pecar de soberbia nada más comenzar… ¿Qué hacer? ¿Cómo empezar? O la humildad del aquí y el ahora —Es media noche en Essaouira—… o el emocionado recuerdo de uno de esos momentos trascendentes que nos regala el destino de vez en cuando e invariablemente solemos convocar con una palabra tan inocua como “entonces”… ¿Cómo distinguir lo que es real o ficción sólo en sus verbos?
Entonces encontré el libro que me decidió a escribir esta novela… Sucedió el pasado 28 de octubre, al medio día, en la librería Literanta de Palma. Era sábado, recuerdo. Quería pasar un fin de semana tranquilo en casa, sin salir, felizmente entretenido por alguna buena novela mientras ponía en orden mi cabeza y repasaba sin urgencia los acontecimientos que habían sacudido dramáticamente mi vida los últimos meses desde aquel terrible 23 de junio. Por fin iba a tener un par de semanas sin compromisos, a dios gracias solo. Buscaba sin buscar en las estanterías repletas de libros confiado al azar, guiado apenas por la intuición, dejando que el libro que fuera a anestesiar mi desasosiego los próximos días me encontrara a mí más tarde o temprano. El milagro sucedió como ocurren casi todos los milagros literarios, lo que llamo efecto “Umberto Eco”… es decir al sentirme atraído por una portada cualquiera, seducido por algo realmente inefable de la fachada de un libro, su imagen, su encuadernación o qué sé yo… El vendedor de cuentos de Jostein Gaarder era un libro cualquiera hasta “entonces”.
De Gaarder sólo conocía su primer best seller, El Mundo de Sofía, que había comprado nada más publicarse pero nunca leí por completo. Confieso que lo hice a mordisquitos pequeños y distantes, interrumpidos durante meses, años, de modo nada lineal sino seleccionando los capítulos a mi gusto, según mi interés previo por las ideas de tal o cual filósofo, escogidos entre todos aquellos que el joven y exitoso autor noruego había resumido y digería en su novela-tratado de filosofía; un libro desde luego nada infantil y menos ingenuo. Jamás había pensado ni siquiera imaginado como posible que una novela de Gaarder pudiera fascinarme, incluso obsesionarme, como lo ha hecho estas semanas El vendedor de cuentos; ni por asomo que fuera a estimularme tanto como para decidirme a escribir mi propia novela, desactivando los frenos y los tabúes que hasta ahora me habían impedido finalizar esta heroica tarea —así pensaba y todavía creo: escribir un libro de ficción. Y mira que lo intenté…
La portada de El vendedor de cuentos contiene una imagen ambigua, borrosa, de dos personajes de Le cirque du Soleil fotografiados por Richard Avedon. Quien diseñó esta cubierta sabe fabricar máquinas eficaces para atraer miradas, incitar nuestra curiosidad. Y no sólo por lo sugestivo del título del libro, que lo es, o el atractivo dorado opaco de su tipografía o el color azul Prusia del fondo de la cubierta, tan profundo como la noche en el desierto… sino en mi opinión por el fragmento elegido de la imagen de Avedon: la representación de algo esencialmente informe e indescriptible que nos obliga a interpretar sin apenas asideros formales. No reconozco casi nada en esta imagen... sólo a alguien que acarrea una maleta, o me lo parece, alguien que lleva un sombrero de fieltro, una escala de cuerda… Qué minúsculas evidencias, ¿no?, y sin embargo nos llaman la atención, hipnotizan. Es que conocemos tan poco de la química de la atracción aunque se empeñen en lo contrario los más descreídos bioquímicos, todos esos que pretenden reducir a fórmulas magistrales los sentimientos, el amor por ejemplo. De la alquimia sólo podemos hablar con metáforas y palabras oscuras... por ahora.
Una vez atrapado por la venial estrategia visual que suele ser la portada de un libro, mis siguientes pasos son facilmente deducibles, como los de cualquier víctima curiosa: tomé el libro, sopesé, acaricié su lomo y aprecié la lisura de su cubierta... enfoqué mejor la imagen para reconocer algún detalle menos evidente, desistí resignado. Y de seguido fuí a leer algo en la contraportada que me orientara y confirmara lo acertado de mi primera intuición… Entonces leí acerca de la habilidad del protagonista, Petter el Araña, sobre su portentosa imaginación y actividad principal: “crear todo un negocio de venta de ideas a aquellos que no las tienen”. A simple vista el personaje me parecía genial e indudablemente prometedora la trama que el autor había planteado en su novela: el ascenso y caída de Petter el Araña, un hombre egocéntrico al que no le interesa la fama, que escribe ideas y argumentos para otros y los vende y que un día se siente amenazado por no sé quién y escapa a no sé dónde… Aunque parezca escasamente sustancial, este escueto resumen "casi" me decidió a comprar la novela de Gaarder. Estuve definitivamente seguro cuando leí una frase decisiva: “Es la historia de todos los que quieren escribir pero que no tienen nada que contar”. Qué parcos en palabras y signos son a veces los oráculos que nos señalan el sentido de nuestras elecciones más importantes, su elocuencia se expresa generalmente con pocas palabras; y qué extraños e impredecibles sus consejos…
Volví a casa impaciente por iniciar la lectura. Era tarde; no me apetecía cocinar. Tenía hambre; me preparé un bocadillo de queso de cabra con sobreasada que me comí en tres bocados; ah, y un par de mandarinas de postre… Luego de este improvisado almuerzo salí a la terraza —en esas fechas el sol de tarde en el Mediterráneo todavía es amable y generoso para los lectores a la fresca— y me puse de inmediato a leer los primeros capítulos de aquel libro inesperado que intuía revelador; estaba irracionalmente seguro que la novela, su historia, en absoluto me iban a defraudar. Pero lo que no podía imaginar entonces era hasta qué punto su lectura me atraparía, más bien abduciría, durante días de sorpresa en sorpresa... sometido a la ley de las semejanzas y coincidencias en cadena, reconociendo más que evidentes paralelismos entre muchas de las cosas que allí se contaban con mi propia vida y sus más recientes acontecimientos, incluso a proyectarme en algunas de las frases más chispeantes del “vendedor de cuentos”, o de Jostein Gaarder, su autor, para el caso los mismos…
Las primeras setenta páginas las leí en un abrir y cerrar de ojos. Todavía había luz diurna cuando llegué a la página 72 en la que Petter el Araña conoce a María y se enamora de ella por primera vez en su vida, “con locura”. Hubiera continuado la lectura de un tirón hasta acabar sus más de 200 páginas si no hubiese interrumpido aquel estado de entusiasmo literario una llamada que entonces consideré inoportuna, además de innecesaria, dados mi trance y ensimismamiento. Era Lourdes Rosselló, una amiga periodista que me había entrevistado unas semanas antes, para recordarme mi promesa de vernos nada más volver a la isla… a cenar, por ejemplo, para hablar largo y tendido de algunas cosas que había empezado a contarle en Alicante —por supuesto “off the record”, no sólo por la discreción y cautela que requerían el asunto en cuestión sino sobre todo por nuestra vieja amistad y mutua confianza. Me excusé convincentemente por no quedar para cenar esa noche y acordamos vernos al día siguiente: quedamos en llamarnos por la mañana, pensar mientras tanto cuándo y dónde nos encontraríamos, a lo mejor planear una excursión al campo o a la costa norte para almorzar juntos el domingo.
Luego de terminar la conversación no pude volver a la novela. Salí al jardín, atardecía… Maravillado una vez más, contemplé el espectáculo del crepúsculo isleño... Los últimos rayos de sol reverberaban en su cielo otoñal: todos los matices imaginables entre el azul cobalto hasta el rojo burdeos, azules irisados y amarillos de nápoles, rosas asalmonados, naranjas cobrizos, mandarinas de la china, ocres teja, mostazas… Qué belleza tan conmovedora, manirrota, casi gratuita, apenas a cambio de una mirada agradecida, absolutamente emocionado por este inesperado regalo de la naturaleza derramándose de nuevo en exceso… Anocheció y ya sólo pude volver al "vendedor de cuentos" a través de los apuntes y las citas que había tomado en mi cuaderno de notas mientras leía; ni siquiera lo volví a abrir para revisar mis subrayados…
Al rememorar aquí en Essaouira, ya de madrugada, aquella primera lectura y las circunstancias que la rodearon tengo a mi mano el cuaderno de notas que me acompaña inseparable desde hace unos meses. En él he depositado no sólo algunos párrafos transcritos de El vendedor de cuentos (con mis propias anotaciones y pensamientos recurrentes) sino sobre todo confidencias inéditas, secretos en clave que sólo yo conozco, mensajes cifrados por si me sucede algo inesperado e indeseable, un racimo de corazonadas y testamentos mínimos junto a algunos haikus de mi invención también encriptados, una cábala de números y nombres que creo se entrelazan de algún modo mágico e incluso el guión esquemático de ésta mi primera novela… Es el manuscrito. Punto.
Empiezo a sentirme agotado… claro, el viaje, las emociones, la hora. Menos mal que Aicha ha subido la maleta y mis bolsas al dormitorio antes de marchar a su casa. Afortunadamente estoy desganado y no necesito más tentempié que un tazón de harira de la inmensa olla que ha preparado Aicha —la mejor harira de Marruecos, sin duda, nunca me canso de repetírselo (y es verdad). Qué feliz se pone esta mujer cuando llego a casa de tarde en tarde, casi siempre de incógnito y solo, y puede cocinar todos los días para mí; estoy seguro que entiende que sus comidas son mucho más que excelente gastronomía para el señor de “Lacasa”… Mañana, es un decir, en unas horas, seguiré escribiendo… Ahora me es imposible continuar, pronto llamará al rezo del alba el muecín. ¡Qué delicia de harira! Realmente esta casa es mi hogar…
Mañana escribiré más cosas sobre El vendedor de cuentos y las correspondencias que he anunciado entre mi vida y la historia que escribió Gaarder. Quiero que desde el principio mis futuros lectores entiendan por qué es tan trascendental que escriba esta novela, que se vayan haciendo una idea aproximada del asunto que traigo entre manos, antes incluso que conozcan algunos de los episodios que me han obligado refugiarme no sé hasta cuándo en Essaouira. Por ahora no se me ocurre nada mejor que transcribir algunas de aquellas citas y anotaciones que llenan mi cuaderno. Unas son palabras y reflexiones que Gaarder pone en boca de su protagonista —no sabremos nunca si gracias a la ficción misma o si se trata de testimonios de su propia convicción, qué importa—, otras son aventuras concretas hasta cierto punto autónomas que experimenta Petter el Araña a lo largo de su singular biografía. Espero no trasgredir con estas trascripciones, en general poco extensas, ningún derecho de autor que pertenezcan a Gaarder o a su editorial, no es esa mi intención, muy al contrario. Si algún pecado debo confesar, y no arrepentirme, es el de haberme reconocido excesivamente en ciertos fragmentos de su novela, hacerlo sin pudor alguno… al fin al cabo una prueba más de mi admiración por su talento literario y sus extraordinarias dotes de ventrílocuo. Petter el Araña, Pau Bondia, qué par de muñecos tiene ese hombre en sus manos aun sin querer…
Ah, también escribiré sobre Essaouira, mi casa, Aicha, su harira… Ojalá pueda escribir cada día, cada noche hasta el amanecer, mientras viva... ¿por qué no?
Foto: portada de El vendedor de cuentos. Jostein Gaarder. Editorial Siruela

